martes, 26 de junio de 2012

Pseudoproblemas.

                                                            I


  El problema de si X es libre o está esclavizado -en la jerga correspondiente, "ignorante" o "iluminado"- es idéntico a la cuestión de si está condicionado o no, dicho de manera más filosófica, si está predestinado o puede ejercer su libre albedrío.
  De hecho, no se trata de ningún problema porque, cuando las premisas son falsas, no puede deducirse de ellas ninguna conclusión verdadera.
  X no existe. No hay entidad alguna a la que pueda atribuirse ningún estado o condición permanente, ya sea física o metafísica, ya sea en la mente o en la vida cotidiana.
  Nuestra dotación psicosomática es incapaz de liberarse de las descripciones. Tan sólo es una apariencia que está sujeta al sistema de la aparente causalidad o al sistema de manifestación dependiente de la probabilidad estadística, que no son sino dos maneras de concebir el mecanismo que gobierna la dimensión fenoménica.
  El componente nouménico del fenómeno X es indisociable del resto de los fenómenos ya que, en sí mismo, carece de existencia objetiva aparte de su manifestación fenoménica y tampoco posee "entidad" alguna que pueda permanecer sujeta a ninguna condición conceptual.
  Si utilizamos ese rasero como criterio para resolver todos los supuestos "problemas" que, aparentemente, debe afrontar una supuesta entidad, percibiremos de manera inmediata que esa clase de problemas -y muchos problemas similares- carecen de existencia real.


                                                                 II


                                                       Nuevamente


  Eso que cree que está esclavizado o condicionado es lo mismo que piensa que es un organismo psicosomático sometido a la causalidad o a la indeterminación, la cual no es sino otro modo de causalidad.
  Fenoménicamente hablando, un organismo psicosomático nunca puede ser libre porque, en él, no existe "entidad" alguna capaz de alcanzar la liberación, como tampoco es posible sustentar ningún tipo de libertad en el dominio fenoménico.
  Eso que cree que está libre o esclavizado, condicionado o ejerciendo su libre albedrío, utiliza el pensamiento para identificarse con los objetos fenoménicos y "parece" estar sujeto a cualquier condición a la que se adhiera dicho pensamiento.
  Por consiguiente, quien piensa que es libre (es decir, que ejerce libremente su voluntad o que está iluminado) está, de hecho, más esclavizado que la persona que cree que está esclavizada (que es ignorante o está condicionada).
  El supuesto problema no reside en la presencia o la ausencia de los estados objetivos de libertad o de esclavitud, de condicionamiento o de descondicionamiento, sino en la presencia o la ausencia del sujeto de esos estados y de cualesquiera otros. El supuesto sujeto no es más que un concepto con el que nos identificamos que, si bien parece estar presente, se halla nouménicamente ausente.
  No es posible aignar nociones tales como libertad o esclavitud a lo que es un mero fenómeno sintiente y cuyo único "ser" cognoscible reside en la totalidad de la manifestación fenoménica.

Wei Wu Wei.




                                                        


 

martes, 29 de mayo de 2012

Una vez más en la brecha, queridos amigos...

  No hay ego ni yo objetivo. Nada de esa índole puede ser convertido en un objeto. Ni siquiera el lenguaje puede admitirlo.

  ¿Quería el Buda transmitirnos algo cuando insitía en la completa inexistencia del "yo"

  Yo soy, pero no soy, nunca he sido y nunca seré un objeto.

  Nuestro estado de esclavitud aparente se origina, pues, en la identificación con una objetivación imaginaria del "yo". Así es como me identifico con mis yoes y así es también como todos los seres sensibles devienen mis yoes. Cuando pensamos o hablamos desde el objeto con el que nos identificamos ilusoriamente, estamos convirtiendo al sujeto en un objeto.

  Es por ello que la desidentificación -o el despertar del sueño objetivo de la vida- no puede ser el resultado del pensamiento ni del lenguaje.

  ¿Qué es lo que soy, puesto que nunca puedo ser un objeto?
Evidentemente, esto es algo que nunca puedo llegar a pensar y, mucho menos, a nombrar, sin convertirme, para ello, en eso que no soy.

  Quizá podemos decir, "Soy un yo sin mi" o "Soy el yo puro", ya que no existe el tú. Lo cierto es que yo soy, aunque de hecho, no hay yo.

  Casi todos nos pasamos la vida buscándonos como si fuésemos un objeto separado de nosotros mismos como, por ejemplo, la Verdad, el Absoluto, Dios, el Tao o la Mente Pura. ¿Pero acaso no es ése el colmo de la estupidez? La idea del "yo" o del "ego" es manifiestamente absurda, un imposible lingûístico. No obstante, aunque no hay "yo", yo soy.

  Si ha quedado suficientemente claro, debemos ser capaces de ver que lo que estamos buscando no es eso sino esto... y que esto únicamente es "yo soy". No hay eso, esto, yo, otro, ser humano, Dios, Buda, Tao, Absoluto, Realidad, Irrealidad, "tú" o "yo". Yo no soy un objeto, mientras que tú eres el yo puro. Yo no soy sino una completa ausencia.

  Hemos completado el círculo: lo buscado es el buscador y no existe ninguno de ambos. El resto es esclavitud.

Wei Wu Wei.

domingo, 4 de marzo de 2012

Metáfora de la pantalla de cine.


Toda metáfora, por el hecho de serlo, define lo
que pretende de forma aproximada e incompleta.
Siempre quiere ser una sugerencia que dispare la
comprensión, no el hecho mismo, por lo que puede presentar
grietas vulnerables a la refutación que, vueltas hacia el aserto
de referencia, adscriben a él debilidades que no posee.
Así, por ejemplo, parecería que esta apelación a
la realidad que únicamente se da en la pantalla, podría ser
refutada con facilidad haciendo ver como la misma, y aun el
proyector y el cine entero, no tienen otro objeto que la
exhibición de la película que calificamos de irrelevante. Y
seguir argumentando que tal película supone el porqué y el
motivo de todo el resto, por lo que podemos considerarla como
lo esencial y aun tratarla como si, a efectos prácticos, ella fuera
lo real, obviando ese resto, que siempre estará al trasfondo y no
precisa ser tenido en cuenta para gozar del espectáculo,
pudiendo incluso argumentarse que carece de objeto si tal
espectáculo no se da.
Esto nos sumiría en un atender a lo que se
proyecta, es decir, llevada la metáfora a lo real, en una simple
atención a la vida, a lo que se presenta ante nosotros, a la
escenografía que nuestros sentidos permiten: objetos, colores,
formas, belleza, acontecimientos, vicisitudes, hechos… Y a
considerar que tal panorama es suficientemente explicativo por
sí mismo y justificativo del abandono a atender a la posible
pantalla o al posible proyector.
Lógica parecería entonces la adscripción a
cualquier escuela que predicase la devoción a la existencia
como fin en sí mismo y como inteligente postura liberadora de
la cual nos apartaría esa terquedad del filósofo que insiste en
hablarnos de la tramoya que permite el espectáculo.
Porque, ¿quién se preocupa de tal tramoya cuando
atiende a la representación de una ópera? ¿quién mira hacia la
cámara cuando se siente en una sala de cine?
No habría objeción a esto si efectivamente tal
espectáculo fuera capaz de acallar nuestra soterrada y suprema
querencia, si fuera lo suficientemente abastecedor, si mitigase
verdaderamente ese anhelo de algo absoluto, infinito,
claramente real, que no podemos sofocar con nada de lo que en
él encontramos, y si no se revelase a sí mismo, tarde o
temprano, como esencialmente insatisfactorio.
Insatisfactorio, sí.
Insatisfactorio si lo analizamos con seriedad y
dejamos a un lado los aditamentos románticos y toda apelación
a lo ideal, a lo que podría ser, a lo que imaginamos o a lo que
sencillamente fantaseamos a caballo de nuestros deseos.
Insatisfactorio si tenemos el arrojo de aspirar a una
dicha plena y no a un rosario de efímeros puntos de placer
insertados en una cadena de procuras, trabajos, penas,
ansiedades y claudicaciones.
Insatisfactorio porque, sobre todas las connotaciones
poéticas, morales, teleológicas o idílicas, que podamos aplicar
a la vida, por encima de los momentos de felicidad en que todo
nos parece armónico y perfecto, para el hombre, tal vida en sí,
la atadura a un cuerpo, la permanencia en este océano de
pluralidad, la adscripción al tiempo y al espacio, la inmersión
en el universo de los deseos y los temores, los apegos y las
esperanzas, es frustrante en grado sumo, porque es finita,
inestable, huidiza, dolorosa por esencia y, por encima de todo
irreal, por cuanto que no permanece.
Por eso, aunque parezca contra corriente, aunque
pueda reputarse de locura, se hace necesario atender a la
pantalla y tomar más en serio lo que el no dualista pregona.
Porque en la pantalla sí hay permanencia, sí hay
realidad, sí hay inafección, sí hay algo invulnerable al paso de
las imágenes y de los colores, sí hay continua presencia estable.
Porque en la pantalla, hay algo que, si bien en
principio parece asustarnos por su relativo carácter de "nada",
palabra con la que nombramos lo esencialmente diferente a
"esto", pronto nos hace reparar en la posibilidad de lo
inmancillado, de lo "blanco" bajo lo "negro", de lo invariable
bajo toda proyección, de lo inmóvil bajo todo movimiento y lo
incambiable bajo todo cambio.
Entonces nos concentramos en esa pantalla. Y
vemos lo que sucede.
Y, ¡oh, maravilla!, en cuanto lo vemos
comprendemos al punto que esta existencia sí puede ser
comparada con mucha justeza a una proyección
cinematográfica tal como el no dualista lo hace con incansable
insistencia.
Y así, el espectáculo comienza a desfilar sobre
nosotros y aún en nosotros y a través de nosotros sin la mínima
afección, como en el cine lo hace a través de la blancura del
lienzo.
Entonces, a partir de tal descubrimiento, podemos
permanecer inmutables en lo que en verdad somos, en ese
interior que realmente nos caracteriza, ahí para siempre
constantes, para siempre inafectados e inmóviles, para siempre
poseedores de la auténtica satisfacción que no es otra que ese
gozo al que quiere referirse el filósofo con su apelación a la
pantalla impoluta, sobre la que, desde luego, el espectáculo
puede seguir deslizándose.

Manuel Pérez Villanueva.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Dios se encarna en el cosmos.


Dios se encarna en el cosmos. Éste y sus encarnaciones están inseparablemente unidos. Él no está en su encarnación, sino que se manifiesta como encarnación. En el árbol se rebela como árbol, en el animal como animal, en el ser humano como ser humano y en el ángel como ángel. Estos no son, pues, seres a cuyo lado existe un Dios que se introduce, por así decir, en ellos sino que es cada uno de estos seres y, al mismo tiempo, no lo es, puesto que jamás se agota en uno de ellos, ya que siempre es todos los demás. Precisamente en esto radica la experiencia de la persona mística: cae en la cuenta de que el cosmos es la manifestación llena de sentido de Dios. En cambio, algunas personas se comportan frente al cosmos como analfabetos frente a un poema: contemplan los diferentes signos y palabras que lo componen, pero son incapaces de entender el sentido del poema.

Willigis Jager.

lunes, 1 de agosto de 2011

No soy lo que llamamos "yo".


No soy lo que llamamos "yo".
Nombre, cuerpo, sentimientos, pensamientos
en poco tiempo dejarán de existir.
Mientras yo siempre he sido.
Soy quien controla estas envolturas;
estoy por encima y más allá de ellas.
Empiezo donde terminan sus actividades.
¿Quién soy?

Estoy creando la quietud en mi.
No tengo deseos de cambios.
El espacio de mi conciencia es puro.
No hay pensamientos.

Soy libre.
Estoy más allá de todo,
más allá de mis envolturas y sus mundos.
En verdad ya no existen;
No eran más que sueño
Y ya estoy despierto de ese sueño.

A mi alrededor no hay nada
Solo espacio infinito.
Soy como el espacio que no tiene límites.
Nada puede conmoverme
Ya que he olvidado el sueño del mundo fenoménico.

Soy la vida infinita que todo lo penetra.
Soy. Soy todo.

Sankara.

sábado, 23 de julio de 2011

La revelación de los otros.


En Lousville, en la esquina de la Cuarta con Walnut, en medio del barrio comercial, de pronto me sentí abrumado al caer en la cuenta de que amaba a toda aquella gente; de que todos ellos eran míos, y yo de ellos; de que no podíamos ser extraños unos a otros aunque nos desconociéramos por completo. Fué como despertar de un sueño de separación, de falso aislamiento en un mundo especial, el mundo de la renuncia y la supuesta santidad. Toda esa ilusión de una existencia santa separada es un sueño. No es que yo cuestione la realidad de mi vocación ni de mi vida monástica, pero el concepto de "separación del mundo" que tenemos en el monasterio se presenta demasiado fácilmente como una absoluta ilusión: la de que haciendo los votos nos convertimos en una especie diferente de seres, pseudoángeles, "hombres espirituales", hombres de vida interior..., lo que sea.
....
Esta sensación de liberación de una ilusoria sensación de diferencia supuso para mí tal alivio y alegría que casi me eché a reír en voz alta. Y supongo que mi felicidad podría haber tomado forma en estas palabras: "Gracias a Dios, gracias a Dios que soy como otros hombres, que no soy más que un hombre entre otros". ¡Y pensar que durante dieciséis o diecisiete años he tomado en serio esa pura ilusión, implícita en gran parte de nuestro pensamiento monástico...!
....¡Miembro de la raza humana! ¡Pensar que el darse cuenta de algo tan vulgar sería de pronto como la noticia de que uno tiene el billete ganador de una lotería cósmica!
....¡Como si las tristezas y estupideces de la condición humana pudieran abrumarme, ahora que me doy cuenta de lo que somos todos! ¡Y si por lo menos todos se dieran cuenta de ello! Pero eso no se puede explicar. No hay modo de decir a la gente que anda por ahí resplandeciendo como el sol.
....
Entonces fué como si de repente percibiera la secreta belleza de sus corazones, las profundidades de sus corazones, adonde no puede llegar ni el pecado ni el deseo ni el conocimiento de sí mismo, el núcleo de su realidad, la persona que es cada cual a los ojos de Dios. ¡Si por lo menos nos viéramos unos a otros así siempre...! No habría más guerra, ni más odio, ni más crueldad, ni más codicia...
....
En el centro de nuestro ser hay un punto de nada que no está tocado por el pecado ni por la ilusión, un punto de pura verdad, un punto o chispa que pertenece enteramente a Dios, que nunca está a nuestra disposición, desde el cual Dios dispone de nuestras vidas, y que es inaccesible a las fantasías de nuestra mente y a las brutalidades de nuestra voluntad. Ese puntito de nada y de absoluta pobreza es la pura gloria de Dios en nosotros. Es, por así decirlo, su nombre escrito en nosotros, como nuestra pobreza, como nuestra indigencia, como nuestra dependencia, como nuestra filiación. Es como un diamante puro, fulgurando con la invisible luz del cielo. Está en todos, y si pudiéramos verla, veríamos esos miles de millones de puntos de luz reuniéndose en el aspecto y fulgor de un sol que desvanecería por completo toda la tiniebla y la crueldad de la vida... No tengo programa para esa visión. Se da, simplemente. Pero la puerta del cielo está en todas partes.

Thomas Merton.

sábado, 23 de abril de 2011

El grano era trigo...


- El grano era trigo resplandeciente e inmortal, que nunca debía segarse, ni fué nunca sembrado. Pensé que había estado allí desde siempre para siempre. El polvo y las piedras de la calle eran preciosos como el oro. Las puertas, al principio, eran el fin del mundo. Los verdes árboles, cuando por primera vez los vi por una de las puertas, me transportaron y embelesaron; su dulzura e insólita belleza hicieron palpitar mi corazón, casi loco de éxtasis, ¡tan extraños y maravillosos eran! ¡Los Hombres! ¡Oh, cuán venerables y reverendas criaturas parecían los viejos! ¡Querubines inmortales! Y los jovenes, ¡resplandecientes, deslumbrantes ángeles! Y las doncellas, ¡extrañas, seráficas muestras de vida y belleza! Niños y niñas, retozando, jugando en la calle, eran joyas movientes. No sabía que hubiesen nacido o hubiesen de morir. Sino que todas las cosas moraban eternamente donde se hallaban, en sus lugares propios. La eternidad se manifestaba a la luz del día, y algo infinito aparecía detrás de cada cosa; lo que correspondía a lo que yo esperaba y movía mi deseo. La ciudad parecía elevarse en el Edén o estar construída en el Cielo. Las calles eran mías, el templo era mío, la gente era mía, sus vestidos oro y plata eran míos, así como sus resplandecientes ojos, clara piel y sonrosado rostro. Míos eran los cielos, y el sol, la luna y las estrellas, y todo el mundo era mío; y yo el único espectador y gozador de ello... Y así fué que con mucho trajín fuí corrompido y se me hizo aprender las tretas del mundo. Lo que ahora desaprendo y me torno, por así decirlo, como un niño pequeño, para poder entrar en el Reino de Dios.

- Tu goce del mundo no es nunca justo hasta que cada mañana te despiertas en el Cielo; te ves en el palacio de tu Padre, y consideras el cielo, la tierra y el aire como gozos celestiales, teniendo tal reverente estimación de todo como si estuvieras entre los Ángeles. La desposada de un monarca, en la cámara de su esposo, no tiene tales causa de deleite como tú.
Nunca gozas del mundo rectamente hasta que el mismo mar fluye en tus venas, hasta que te visten los cielos y coronan las estrellas; y percibes que eres el único heredero de todo el mundo, y más que eso, porque hay hombres en él, y cada uno de ellos es heredero único así como tú. Hasta que puedes cantar y alegrarte y deleitarte con Dios, como lo hacen los avaros con el oro, y los reyes con sus cetros, nunca puedes gozar del mundo.
Hasta que tu espíritu llena el mundo entero, y las estrellas son tus joyas; hasta que te has familiarizado con los modos de Dios en todas las épocas como son tu andar y tu mesa; hasta que has tratado íntimamente esa oscura nada de que se hizo el mundo; hasta que amas a los hombres de tal modo que deseas su felicidad con avidez igual al celo de la tuya; hasta que te deleitas en Dios por ser bueno para todos, nunca gozas del mundo. Hasta que lo sientes más que tu propiedad particular, y estás más presente en el hemisferio, considerando sus glorias y bellezas, que en tu propia casa; hasta que recuerdas cuán poco hace que naciste y la maravilla de haber nacido en él, y te regocijas más con el palacio de tu gloria que si hubiese sido creado esta mañana.
Y además, nunca gozaste el mundo rectamente, hasta que amas tanto la belleza de gozarlo, que sientes la codicia y el anhelo de persuadir a otros a que lo gocen. Y tan perfectamente odias la abominable corrupción de los hombres que lo desprecian, que prefieres sufrir las llamas del infierno a ser voluntariamente culpable de tal error.
El mundo es un espejo de Belleza Infinita, pero nadie lo ve. Es un Templo de Majestad, pero nadie lo mira. Es una región de Luz y Paz, si los hombres no lo inquietaran. Es el Paraíso de Dios. Es más para el hombre, desde que cayó, que no antes. Es el lugar de los Ángeles y la Puerta del Cielo. Cuando Jacob despertó de su sueño, dijo: Dios está aquí, y no lo sabía. ¡Cuán pavoroso es este lugar! No es otro que la Cara de Dios y la Puerta del Cielo.

Thomas Traherne.

lunes, 11 de abril de 2011

esto...


Estoy cuidando a un hombre que padece un cáncer terminal. La enfermedad se ha extendido hasta su próstata y sus testículos, que son ahora del tamaño de pelotas de tenis. Está perdiendo el control de sus esfínteres y por la noche se defeca encima. Reímos y hablamos del partido de fútbol de anoche mientras lavo las heces que ensucian sus gigantescos testículos. No le digo que ahí no hay sufrimiento, no le digo "yo estoy liberado y tú no" y ni siquiera le menciono la no-dualidad. Sencillamente le limpio los testículos. Eso es todo.

Sostengo la mano de una mujer en el hospital. Está muriendo. Su rostro es amarillo y su respiración superficial. El hedor a orina y cloro flota en el aire sobre un tazón de sopa de tomate instantánea que ni siquiera ha tocado. Me veo a mí mismo morir. Morimos juntos en esta solitaria habitación entre flores de plástico y un sopicaldo de tomate. Esto es todo y ella es la cosa más hermosa que jamás haya visto.

Estoy tumbado en una cama de hospital. El cirujano acaba de extirparme un bulto carnoso del ano. Cuando la enfermera quita la gasa que cubre la herida abierta e inflamada, siento como si me clavasen un cuchillo en el ano y luego lo girasen varias veces. Pido algo más de morfina, pero la enfermera me dice que no puede darme más. El universo entero está saturado de dolor.
Un video musical suena con gran estrépito en la televisión que hay junto a mi cama. Entonces el dolor se desvanece súbitamente y se ve reemplazado por la voz de Britney Spears. Sólo queda Britney Spears y una canción titulada Womanizer. Es como si el dolor jamás hubiese estado ahí. Y, si ocurrió, de ello hace ya miles de millones de años... . y le ocurrióa a alguien diferente.

Súbitamente vuelve a presentarse el dolor lacerante. No sabía que fuese posible experimentar tanto dolor. Los ojos se me empañan y casi me desmayo. Luego vuelve de nuevo Britney: "Womanizer, woman-womanizer, you're a womanizer, oh womanizer, Oh, you're a womanizer, baby". El dolor parece moverse al ritmo del movimiento de la danza de Britney.

No hay aquí estabilidad alguna. Nada perdura de un instante al siguiente. Lo único que queda es la crudeza de la experiencia. Puñalada, Britney, puñalada, Britney... el vaivén del universo al respirar.

Jeff Foster.

martes, 15 de marzo de 2011

Cuando intento retroceder...


Cuando intento retroceder hasta el lugar donde llega aparentemente la luz, hasta ese lugar donde decimos que están los ojos, realmente no encuentro nada, solo hay un espacio ahí, un vacío, que aparentemente está lleno de luz. ¿Y qué es la luz sino otra forma de energía? Esa luz es una vibración muy, muy sutil y cuando se condensa un poco, se convierte aparentemente en materia. Forma un modelo, una costra alrededor de esa esencia que tú eres, como la lava que sale de un volcán. Eso es lo que es este cuerpo. Es esa misma luz, aparentemente solidificada. Cuando llegas a constatar esto, lo que es la causa de tu esclavitud, el egocentrismo, desaparece por sí solo. La conclusión que lleva este conocimiento es que si yo soy esa consciencia igual que el espacio, entonces no hay realmente un centro. Lo que también se desprende de ello es que no puede haber separación entre este cuerpo y cualquier otra cosa que aparezca, de la misma manera que no hay separación entre lo que aparece y esa misma consciencia igual que el espacio en la que todas las cosas aparecen. Todo es uno.
Cuando pensamos en un "yo", imaginamos siempre un centro en este espacio desde el que se ven todas las cosas. Pero, yo os pregunto ¿Qué centro puede haber en este espacio? ¿Alguno puede señalarme o encontrar un centro en este espacio? Es imposible. Y si no hay un centro en este espacio ¿cómo este modelo de "yo" aparente podría tener un centro sustancial o existir por sí mismo? Y si no hay un "yo" sustancial o que posea una naturaleza independiente, como previamente suponíamos ¿Desde donde estáis viendo?
Al ser un vacío, ya no existe ningún punto de referencia en el que situar ese experimentar. No hay ninguna entidad que pueda atribuirse nada de lo que sucede.
No podemos decir que tal y tal cosa me ha sucedido. Y si este fuera el caso, ¿dónde podría ubicarse esa experiencia?
Antes, todas esas experiencias parecían sucederle a este "mi" que yo había erigido como el centro del experimentar. Parecían sucederle en concreto a esta aparente forma que yo creía que era.
Este "mi" es muy inseguro y vulnerable porque se ve a sí mismo sólo y separado. Tiene una imagen mental sobre sí mismo y si le ocurre alguna experiencia que no cuadra con esa imagen propia, entonces siente miedo, resentimiento y autocompasión. Toma la experiencia como si fuera algo personal, como si le sucediera a ese individuo que cree ser. Y si él hace algo, o si algo se hace a través suyo cuando él cree que no debería haberse hecho, se siente culpable, avergonzado o con remordimientos.
Echad un vistazo a vuestra experiencia personal y comprobad si lo que estoy diciendo es verdad o no.
Mirad si vuestros problemas son causados por esa creencia errónea en una entidad separada, una entidad que puede funcionar por sí misma. ¿Tiene esa entidad alguna sustancia o alguna naturaleza que sea independiente? Cuestionadlo, entrad en ello y mirad por vosotros mismos. Ved cómo todo el sufrimiento está causado por nosotros mismos al pensar que las cosas deben suceder de forma diferente para ese "mi" que creemos ser. Luego, comprobad que no hay un "mi", no hay nada en absoluto. No hay nada que pueda funcionar por sí mismo o que exista con una naturaleza independiente. Ese punto de referencia de un "mi", ese "mi" a quien todo parece estarle sucediendo, es sólo una imagen mental que tengo. Es sólo conceptual, está basado en creencias.
Entonces ¿Qué sucede tras constatar todo esto? Sucede que he suprimido las limitaciones, que he quitado las fronteras. Al quitarlas, me he quedado con lo que siempre fui: este "estado natural", este "funcionar natural".
Es el mismo funcionar que está sucediendo en toda esta "apariencia", desde la más pequeña partícula subatómica hasta la más distante galaxia, en cada dónde, en cada cuándo, en todo tiempo y lugar. Es todo y sólo Eso.

"Sailor" Bob Adamson.

jueves, 10 de marzo de 2011

Controlar la mente.


D-¿Cómo puedo controlar la mente?

M-Si se realiza el Sí mismo ya no hay mente que controlar. El Sí mismo irradia su luz cuando la mente se desvanece. En el hombre realizado no importa que la mente esté activa o inactiva; lo único que existe es el Sí mismo. Pues la mente, el cuerpo y el mundo no son algo aparte del Sí mismo; y no pueden permanecer aparte del Sí mismo. ¿Pueden ser diferentes del Sí mismo? Cuando tiene conciencia del Sí mismo, ¿por qué debe uno preocuparse por esas sombras? ¿De qué manera afectan al Sí mismo?

D-Si la mente no es más que una sombra, ¿cómo hemos de conocer el Sí mismo?

M-El Sí mismo es el Corazón, lo en sí y por sí luminoso. La iluminación surge del Corazón y alcanza el cerebro, que es la sede de la mente. El mundo se ve con la mente; es decir que ves el mundo mediante la luz reflejada del Sí mismo. Al mundo se lo percibe mediante un acto de la mente. Cuando la mente está iluminada, se percata del mundo; cuando no está así iluminada , no se percata del mundo.
Si la mente está vuelta hacia adentro, hacia la Fuente de iluminación, el conocimiento objetivo cesa, y solo el Sí mismo esplende como el Corazón.
La luna resplandece reflejando la luz del sol. Cuando el sol se ha puesto, la luna es útil para revelar los objetos. Cuando el sol se eleva, nadie necesita de la luna, aunque su disco esté visible en el cielo. Lo mismo sucede con la mente y el Corazón. Lo que hace útil a la mente es su luz reflejada, que se usa para ver objetos. Cuando se vuelve hacia adentro, se va convirtiendo en la Fuente de luz que esplende por Sí misma, y la mente es, entonces, como la luna durante el día.
Cuando está oscuro, es necesaria una lámpara que dé luz. Pero cuando el sol ha salido, ya no hay necesidad de la lámpara; los objetos son visibles. Y para ver el sol no es necesaria ninguna lámpara; es bastante con que vuelvas los ojos hacia el sol en sí y por sí luminoso. Lo mismo pasa con la mente; para ver los objetos es necesaria la luz reflejada por la mente. Para ver el Corazón es bastante con que la mente esté vuelta hacia él. Entonces, la mente no cuenta y el Corazón es por sí resplandeciente.

Ramana Maharshi.